Durante años me he dedicado a observar a los artistas que se diferencian del resto y me he preguntado muchas veces por qué algunos resultan ser especiales para la percepción del espectador, se ven más, resultan más reales, más verdaderos, más creíbles, aún ejecutando exactamente la misma coreografía, cantando la misma canción, interpretando el mismo personaje. A uno lo sientes más que al otro, lo ves más, lo crees más y no sólo eso, a uno lo olvidas en cuanto sales del teatro, auditorio etc.... y en cambio otros los sientes muy cerca, “se te agarran”. Salvando afinidades y gustos personales la mayor parte del público suele elegir a los mismos.
Tras años de observación me he dado cuenta de que la diferencia esencial está en lo que piensan mientras lo hacen; es decir, en donde enfoca la atención el artista a la hora de crear y comunicar. De echo hay cambios sutiles pero importantes en la morfología corporal en función de lo que la persona está pensando, que hacen que lo que éste emite llegue al espectador con mayor o menor intensidad. Esto es de vital importancia para el artista, pero también para todo aquel que quiera comunicar, tocar al otro cuando habla, cuando se mueve...
Así pensado, puede resultar muy cansado pretender controlar cómo se puede mantener la atención permanentemente enfocada, de forma consciente en aquello que elegimos. Pero lo maravilloso está en que si modificas pequeños detalles de tu morfología corporal, también se modifica el repertorio de pensamientos entre los que puedes escoger; es decir, el artista debe actuar en varias direcciones: eligiendo en cada momento lo que hace, modificando el cómo lo hace y en qué enfoca la mente mientras lo hace. De este modo se modifica también lo que se siente y, la proyección de aquello que se haga, aumenta su fuerza de forma exponencial.
Estos conceptos son, en mi opinión, pilares básicos en la formación del artista de cualquier disciplina, así como herramientas fundamentales a reforzar para aumentar la capacidad de comunicación y creación del ser humano en general.
Estudiando el pensar, el sentir y el hacer, teniendo clara la repercusión que cada una de estas acciones tiene sobre las otras dos y aprendiendo a operar voluntariamente en este engranaje, es el modo en el que se puede afrontar un proceso de creación con la certeza de que se camina en la dirección adecuada; además, trabajando a este nivel también se logra el estado ideal para presentarse ante un público, sea cual sea este, y lograr la comunicación con cada espectador de un modo especial. A este estado le llamo “estado cero”, es el punto de partida para ideal para la creación y la comunicación.
Desarrollar técnicas que permitan alcanzar este estado ,fácilmente, en cualquier momento, constituye uno de los objetivos importantes para el artista o para todo aquel que desee comunicar, desde sí a otro ser humano, con la máxima intensidad.
Para ayudarte a comprender realmente la importancia de lo que piensas mientras lo haces y la repercusión que esto puede tener en el proceso de creación y comunicación del artista, te sugiero que revises los trabajos del investigador japonés Masaru Emoto.
El Dr. Emoto estudia cómo un pensamiento silencioso, verbalizado, escrito o transformado en arte (concretamente música) modifican totalmente la estructura molecular del agua, probando así, que el pensamiento se plasma en la materia. El agua forma cristales de gran belleza cuando los pensamientos son positivos y deforme cuando son negativos; si tenemos en cuenta que más del 70% de lo que somos es agua nos podemos dar cuenta de la responsabilidad que tiene el artista sobre lo que piensa, no sólo en el escenario cuando esta proyectando pensamientos y emociones sobre cientos de espectadores, sino también durante el proceso creativo, cuando por ejemplo, en el caso de un escultor que se pasa meses y meses proyectando todo lo que piensa sobre barro, mientras crea una escultura a la que va cargando de información y que algún día irá a parar a casa de alguien, donde emitirá todo aquello de lo que se ha cargado, que ha cristalizado en ella.
En conclusión cuanto más consciente y elevada es la naturaleza del pensamiento en el creador y emisor, más bella y ordenadamente cristaliza en el espectador de la obra o receptor del mensaje en general.