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Año 5 / Número 25
 
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EDUCACIÓN
Transición al Aprendizaje escolar ¿Cuando es el momento adecuado?(Segunda parte)


La pedagogía Waldorf ofrece una posibilidad para ello al tener en cuenta el ritmo de siete años. Ofrece la posibilidad de intervenir terapéuticamente en el proceso de desarrollo. Sin embargo, en ese punto prevalece una cierta confusión cuando se supone que aquí se habla de un ritmo natural que se produce por sí mismo con la misma regularidad de leyes que actúan biológicamente en nuestro organismo. Pero ese no es el caso. El ritmo de los septenios no viene dado por la naturaleza, como tampoco lo es la distribución del año en semanas de siete días.
EL RITMO SEPTENARIO. UN PRINCIPIO SALUTOGÉNICO

El problema de la disociación no se limita la época preescolar. Cada vez más se produce en el período escolar mismo un solapamiento de los estratos evolutivos. Eso se manifiesta sobretodo en la aparición prematura de la pubertad en la que el desarrollo corporal se halla al principio en flagrante contradicción con la constitución psíquica aún infantil. A diferencia de la aceleración prematura del desarrollo intelectual que se adelanta a la madurez sensomotora y social en la edad preescolar, en el caso de la pubertad es la aceleración corporal unilateral la que genera problemas.            

Sin embargo, no hay que culpar a esos fenómenos de la situación. Porque esos fenómenos no hacen más que expresar la aceleración general que impregna nuestra vida moderna, una vida que se modifica vertiginosamente. Pero eso no debiera de alejarnos de percibir la inmensa tarea con la que nos situamos ante el futuro: cuanto más aumente la brecha entre los procesos de desarrollo, tanto más urgente será actuar desde la pedagogía para compensar y armonizar, en interés del niño y de su saludable evolución.              

La pedagogía Waldorf ofrece una posibilidad para ello al tener en cuenta el ritmo de siete años
Ofrece la posibilidad de intervenir terapéuticamente en el proceso de desarrollo. Sin embargo, en ese punto prevalece una cierta confusión cuando se supone que aquí se habla de un ritmo natural que se produce por sí mismo con la misma regularidad de leyes que actúan biológicamente en nuestro organismo. Pero ese no es el caso. El ritmo de los septenios no viene dado por la naturaleza, como tampoco lo es la distribución del año en semanas de siete días.       

No obstante, no se trata de un juego místico de numerología, como suele suponerse. El ritmo septenario adquiere importancia salutogénica más bien cuando se aplica en la pedagogía como pauta. Marca el período idealmente necesario para ayudar a la compleja estructura del organismo corporal y psíquico del joven a desarrollarse hacia la estabilidad interior, frenando suavemente procesos de desarrollo unilaterales y promoviendo otros que permanecían unilateralmente rezagados. El niño adquiere para toda su vida posterior una base que le sirve de soporte si se le permite penetrar en ese ritmo salutífero (Hildebrandt 1998, Schad 2004).             

La práctica pedagógica muestra cuán beneficioso es el efecto que se produce en los niños cuando, de septenio a septenio, se les da tiempo para superar el problema de la disociación mediante una pedagogía, realizada artísticamente, que equilibra las fuerzas psíquicas y corporales. Facultades que nunca saldrían a la luz cuando existe la presión de un sistema escolar orientado hacia el logro y la velocidad, consiguen florecer porque necesitan un período de maduración más prolongado.            

Si en este sentido se entiende el ritmo de los septenios como un valor orientativo pedagógico-terapéutico que uno se esfuerza en mantener, adquiere una enorme importancia al promover la salud, teniendo en cuenta los crecientes trastornos evolutivos en la edad infantil.      

LA TRANSFORMACIÓN DE LAS FUERZAS QUE CONFORMAN EL CUERPO  

Uno de los descubrimientos memorables de Rudolf Steiner es el hecho de que las fuerzas de crecimiento y de formación que el niño en la primera fase de desarrollo necesita para la edificación y estructuración de su organismo corporal, son las mismas fuerzas que en la segunda fase evolutiva se ponen a su disposición de una manera metamorfoseada como fuerzas de aprendizaje, como fuerzas para la formación de representaciones y de la memoria (Steiner 1907, 1921, 1922, Kranich 1999).              

En la primera fase, el niño todavía trabaja inconscientemente en la educación de sus órganos sensoriales, en adueñarse de toda su musculatura corporal, tanto en la motricidad gruesa como en la fina. Sus órganos interiores se van configurando hasta llegar a su plena efectividad funcional, en el cerebro emergen vínculos neuronales cada vez más complejos; hasta que se alcanza un primer estadio de madurez, y una parte de las fuerzas formativas y de crecimiento, de una manera natural, se liberan de su actividad organogénica. Pero no desaparecen, sino que a partir de ese momento se hallan a disposición para realizar otras tareas, a saber, para la formación y el crecimiento de fuerzas psíquico-espirituales en la generación de representaciones, capacidades recordativas de todo tipo y aprendizaje intelectual.

Muy insistentemente, Rudolf Steiner describió qué es lo que sucede cuando hacemos uso prematuro de esas fuerzas para lograr resultados escolares: en ese caso, las apartamos de la labor aún no totalmente concluida que realizan en el organismo corporal y, con ello, perjudicamos la formación de una constitución resistente, aunque ello al principio nos pase prácticamente inadvertido. Y aunque aún no hay pruebas empíricas para ello, numerosas experiencias de la práctica escolar parecen confirmar esa hipótesis.

Por otra parte, estudios científicos realizados durante años no han podido presentar las ventajas que supuestamente tiene a la larga la escolarización prematura de lo niños; más bien al contrario: la probabilidad de repetir curso, como ya mencionamos antes, es, en este grupo, significativamente mayor que en los niños escolarizados en la edad que les correspondería.            

Para el pleno desarrollo de la salud y de la capacidad de obtener resultados en la vida posterior puede ser de gran importancia que se espere a la transformación de las fuerzas que configuran el cuerpo, antes de empezar con el aprendizaje escolar con sus exigencias intelectuales que se liberan de su vinculación directa con los sentidos. Cada vez que forzamos innecesariamente las cosas en este campo, perjudicamos la maduración abarcante y diferenciada del organismo corporal, y con ello se genera potencialmente un debilitamiento duradero.              

Cuán estrechamente se relacionan las fuerzas que edifican el cuerpo y las que generan las representaciones lo puede constatar todo adulto cuando está enfermo y tiene fiebre: el cuerpo necesita entonces todas las fuerzas vitales para poder mantener en pie las funciones vitales y volver a curarlas. En ese período la formación concentrada de representaciones es mucho más difícil.  
Autor:    Fragmento de la revista Waldorf-Steiner Educación
Año 3 / Número 12
Pág. 40
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