EL RITMO
SEPTENARIO. UN PRINCIPIO SALUTOGÉNICO
El problema de la disociación no se limita
la época preescolar. Cada vez más se produce en el período escolar mismo un
solapamiento de los estratos evolutivos. Eso se manifiesta sobretodo en la aparición prematura de la pubertad en
la que el desarrollo corporal se halla al principio en flagrante contradicción
con la constitución psíquica aún infantil. A diferencia de la aceleración
prematura del desarrollo intelectual que se adelanta a la madurez sensomotora y
social en la edad preescolar, en el caso de la pubertad es la aceleración
corporal unilateral la que genera problemas.
Sin embargo, no hay que culpar a
esos fenómenos de la situación. Porque esos fenómenos no hacen más que expresar
la aceleración general que impregna nuestra vida moderna, una vida que se
modifica vertiginosamente. Pero eso no debiera de alejarnos de percibir la
inmensa tarea con la que nos situamos ante el futuro: cuanto más aumente la brecha entre los procesos de desarrollo, tanto
más urgente será actuar desde la pedagogía para compensar y armonizar, en
interés del niño y de su saludable evolución.
La
pedagogía Waldorf ofrece una posibilidad para ello al tener en cuenta el
ritmo de siete años
Ofrece la
posibilidad de intervenir terapéuticamente en el proceso de desarrollo. Sin
embargo, en ese punto prevalece una cierta confusión cuando se supone que aquí
se habla de un ritmo natural que se produce por sí mismo con la misma
regularidad de leyes que actúan biológicamente en nuestro organismo. Pero ese
no es el caso. El ritmo de los septenios no viene dado por la naturaleza, como
tampoco lo es la distribución del año en semanas de siete días.
No obstante, no se trata de un juego
místico de numerología, como suele suponerse. El ritmo septenario adquiere importancia salutogénica más bien cuando
se aplica en la pedagogía como pauta. Marca el período idealmente necesario para ayudar a la compleja estructura del organismo
corporal y psíquico del joven a desarrollarse
hacia la estabilidad interior, frenando suavemente procesos de desarrollo
unilaterales y promoviendo otros que permanecían unilateralmente rezagados. El
niño adquiere para toda su vida posterior una base que le sirve de soporte si
se le permite penetrar en ese ritmo salutífero (Hildebrandt 1998, Schad 2004).
La práctica pedagógica muestra cuán
beneficioso es el efecto que se produce en los niños cuando, de septenio a
septenio, se les da tiempo para superar el problema de la disociación mediante
una pedagogía, realizada artísticamente, que equilibra las fuerzas psíquicas y
corporales. Facultades que nunca saldrían a la luz cuando existe la presión de
un sistema escolar orientado hacia el logro y la velocidad, consiguen florecer
porque necesitan un período de maduración más prolongado.
Si en este sentido se entiende el
ritmo de los septenios como un valor orientativo pedagógico-terapéutico que uno
se esfuerza en mantener, adquiere una enorme importancia al promover la salud,
teniendo en cuenta los crecientes trastornos evolutivos en la edad infantil.
LA TRANSFORMACIÓN
DE LAS FUERZAS QUE CONFORMAN EL CUERPO
Uno de los descubrimientos memorables de Rudolf Steiner es el hecho de que las
fuerzas de crecimiento y de formación que el niño en la primera fase de
desarrollo necesita para la edificación y estructuración de su organismo
corporal, son las mismas fuerzas que en la segunda fase evolutiva se ponen a su
disposición de una manera metamorfoseada como fuerzas de aprendizaje, como
fuerzas para la formación de representaciones y de la memoria (Steiner
1907, 1921, 1922, Kranich 1999).
En la primera fase, el niño todavía
trabaja inconscientemente en la educación de sus órganos sensoriales, en
adueñarse de toda su musculatura corporal, tanto en la motricidad gruesa como
en la fina. Sus órganos interiores se van configurando hasta llegar a su plena
efectividad funcional, en el cerebro emergen vínculos neuronales cada vez más
complejos; hasta que se alcanza un primer estadio de madurez, y una parte de
las fuerzas formativas y de crecimiento, de una manera natural, se liberan de
su actividad organogénica. Pero no desaparecen, sino que a partir de ese
momento se hallan a disposición para realizar otras tareas, a saber, para la
formación y el crecimiento de fuerzas psíquico-espirituales en la generación de
representaciones, capacidades recordativas de todo tipo y aprendizaje
intelectual.
Muy insistentemente, Rudolf Steiner describió qué es lo que
sucede cuando hacemos uso prematuro de esas fuerzas para lograr resultados
escolares: en ese caso, las apartamos de la labor aún no totalmente concluida
que realizan en el organismo corporal y, con ello, perjudicamos la formación de
una constitución resistente, aunque ello al principio nos pase prácticamente
inadvertido. Y aunque aún no hay pruebas empíricas para ello, numerosas
experiencias de la práctica escolar parecen confirmar esa hipótesis.
Por otra
parte, estudios científicos realizados durante años no han podido presentar las
ventajas que supuestamente tiene a la larga la escolarización prematura de lo
niños; más bien al contrario: la probabilidad de repetir curso, como ya
mencionamos antes, es, en este grupo, significativamente mayor que en los niños
escolarizados en la edad que les correspondería.
Para
el pleno desarrollo de la salud y de la capacidad de obtener resultados en la
vida posterior puede ser de gran importancia que se espere a la transformación
de las fuerzas que configuran el cuerpo, antes de empezar con el aprendizaje
escolar con sus exigencias intelectuales que se liberan de su vinculación
directa con los sentidos. Cada vez que forzamos innecesariamente las cosas en
este campo, perjudicamos la maduración abarcante y diferenciada del organismo
corporal, y con ello se genera potencialmente un debilitamiento duradero.
Cuán estrechamente se relacionan las
fuerzas que edifican el cuerpo y las que generan las representaciones lo puede
constatar todo adulto cuando está enfermo y tiene fiebre: el cuerpo necesita
entonces todas las fuerzas vitales para poder mantener en pie las funciones
vitales y volver a curarlas. En ese período la formación concentrada de
representaciones es mucho más difícil.