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Año 6 / Número 31
 
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INTELIGENCIA EMOCIONAL
Entre el corazón y la mente: Inteligencia emocional



Resultaría muy simple plantear una guerra entre la cabeza y el corazón, muy simple que la mente racional es la parte reflexiva, analítica, lógica, meditativa y que la mente emocional es impulsiva e ilógica.
A veces sabemos algo porque nos lo dice nuestro corazón, ese saber nos da una convicción inexplicablemente  segura, otras, algo que pensamos, que nos lo dice nuestro juicio y razocinio, nuestra cabeza, nos llena de dudas y preocupación. La clave será encontrar el punto de equilibrio para que estas dos formas de conocimiento interactúen complementariamente. Y quizá el camino para hallar ese equilibrio se presente, en principio, complejo, porque históricamente lo emocional tenía que ocultarse, reprimirse, eran impulsos que condicionaban negativamente nuestro comportamiento, sólo podíamos sufrir las emociones silenciosamente, pasivamente, o  liberarlas en contextos íntimos o “socialmente permitidos”. Hoy por hoy, el estudio de las emociones plantea verlas en un marco positivo, aprovecharlas para el autoconocimiento y enriquecimiento personal.

¿Quién no ha escuchado o no ha dicho alguna vez la famosa frase: “El corazón tiene razones que la razón desconoce”? La emoción siempre se ha mantenido a un lado de la razón, siempre vinculada al cuerpo, porque aunque no pudiéramos dar rienda suelta a las reacciones corporales, la represión o eliminación de las emociones dejaba huella en el tono corporal, por ejemplo, o en la presencia repentina de un fuerte dolor de cabeza o estómago. Pero así y todo no siempre comprendemos nuestras emociones y mucho menos, sabemos qué hacer con ellas. Las emociones se encargan de vigilar y evaluar constantemente  las situaciones, nosotros incluídos. Detectan los peligros y las oportunidades antes de que tengamos tiempo de ponernos a pensar en ellos. Nuestro sistema emocional se vale de parámetros que van más allá de nosotros mismos, que se nos anticipan. Descubren nuestras necesidades, debilidades, miedos, deseos, metas. Nos informan sobre lo que realmente nos afecta y lo que no. Son una señal que hay que aprender a valorar y a comprender. No siempre nos va a gustar lo que sentimos, ni querremos o ni podremos expresarlo pero lo relevante será reconocerlo, para poder modificarlo o regularlo o adaptarlo, porque estar en contacto con nuestras emociones, ser conscientes de ellas nos va a permitir hacer algo por aquello que nos preocupa o que no está funcionando bien.

Descodificando lo que nuestras emociones ponen de manifiesto nos encontramos con que tienen que ver con la supervivencia (el miedo nos protege de peligros, la rabia nos permite enfrentar adversidades o luchar por algo), con nuestra imagen social (sentirnos a gusto socialmente, profesionalmente), con las relaciones afectivas (sentirnos seguros, queridos, aceptados). Nuestro sistema emocional gran parte del tiempo está alerta y dándonos información sobre nuestro mundo relacional (salvo que, por ejemplo, estemos enfermos y lo prioritario sea la supervivencia física), si nos valoran, si nos respetan, si nos reconocen, si nos evitan, si  nos rechazan.

La complejidad del tema se hace evidente ante las diferentes formas en que transformamos las sensaciones para alejar el temor, la ansiedad, el miedo, la rabia, la tristeza. Y esa transformación modela una manera de ser. Creamos mecanismos de evitación que nos protegen del dolor, del sufrimiento, nos resultan necesarios. Y esos mecanismos de evitación de lo que nos pasa, de lo que nos preocupa, hablan de cómo somos. Cómo somos refleja la distorsión de la información o la transformación de nuestras emociones básicas en otras “aceptadas socialmente” o “políticamente correctas”. Goleman hace un interesante análisis de cómo el cerebro humano filtra la información que recibe y de esa manera se autoengaña para protegerse de la ansiedad, del dolor, del fracaso. Entiende el autoengaño como un mecanismo psicológico de defensa para disminuir las percepciones negativas y crea un “punto ciego” que bloquea la atención y disminuye el impacto de las decepciones. Todo esto lo hacemos inconscientemente, por lo anteriormente mencionado, que el sistema emocional se anticipa al pensamiento, a la razón.  Y en medio de toda esta metamorfosis permanente, ¿cómo podemos, hallar y ver la señal que las emociones nos provocan para que no queden atrapadas en tanto mecanismo de evitación? Pues, en el cuerpo, aprendiendo e identificando las señales  corporales, escuchándolo. Porque las reacciones corporales son la esencia de la emoción, su “traducción” previa a todo pensamiento, a toda intelectualización, el cuerpo siempre es el primero en emitir su “voz”, porque es el continente de las reacciones emocionales que son el contenido de la emoción, constituyéndose en referente, parámetro en el que se basan nuestros estados anímicos de alegría o de tristezas, de bienestar o preocupación, de armonía y seguridad o de inestabilidad. La percepción que el lenguaje del cuerpo tenga de una emoción determinará su esencia. Por tanto es un proceso previo, no consciente, que afecta el proceso mental, cognitivo, posterior.

Nuestras “corazonadas”, presentimientos, intuiciones, el llamado “sexto sentido”, sólo nos sirven a nosotros mismos, no podemos explicarlos, argumentarlos, pero dan cuenta de ese procesamiento previo y del por qué las emociones son sabias. Pero ellas solo provocarán movilizarnos, lo necesario será que la emoción interactúe con la cognición, que la emoción dé sentido y promueva una acción inteligente.  Integrar pensamiento y emoción para que ésta no se reprima, no se elimine o no se olvide y que sea guía en las decisiones que tenemos que tomar, en los conflictos que tenemos que resolver o nos haga conscientes de aquello que tenemos que cambiar de  nosotros mismos o de nuestra relación con los demás.

Conocer nuestras emociones y el efecto que transmitirlas tiene en los otros, saber cómo determinan la forma en la cual percibimos nuestro entorno, comprenderlas y manejarlas  adecuadamente, harán que nuestra vida personal y profesional mejore  considerablemente por lo que trabajar sobre nuestro conocimiento personal, sobre las habilidades emocionales será prioritario.

Cotidianamente todos hablamos de emociones y sentimientos, pero no solemos contar con la clarificación de conceptos necesaria, ni con las herramientas que nos permitan identificar, gestionar, expresar y comprender aquello que sentimos y observamos. Por ello suele nacer el conflicto y resulta de vital importancia un buen manejo de las emociones en las relaciones interpersonales. Las emociones pueden facilitar u obstaculizar nuestra interacción social. Si estamos tristes no siempre vamos a conseguir apoyo, acercamiento de otras personas, quizá logre todo lo contrario, pues no resulta atractivo estar cerca de personas negativas. Mientras que si sonreímos a los otros, si nuestro estado de ánimo es de buen humor, alegre, sin duda estaremos provocando un contacto con los demás.

El cambio en el tono muscular, la sudoración, la taquicardia, la hipertensión, la sequedad en la boca, el rubor, la respiración, etc., son manifestaciones neurofisiológicas, respuestas involuntarias que la persona no puede controlar, pero pueden prevenirse por medio de téncias apropiadas como la relajación. Las expresiones faciales, el lenguaje no verbal, el tono de voz, el volumen, el ritmo, los movimientos del cuerpo, etc., pueden ser observables a nivel de conducta. La persona puede intentar disimular su estado emocional pero lo importante será aprender a regular la expresión emocional porque es un indicador de madurez y equilibrio que tiene efectos positivos sobre las relaciones con los otros. Una emoción presenta un abanico de posibilidades para la acción.

Los términos motivo y emoción se originan en la misma raíz latina que significa mover, por tanto las emociones nos mueven, y, con su buena regulación y expresión, nos harán fluir y conectar con nuestra energía, con nuestras percepciones, con nuestros impulsos y con nuestros sentimientos. La inteligencia emocional implica que nuestras emociones nos movilicen integradas a nuestra razón que guiará nuestra toma de decisiones, nuestra manera de afrontar las situaciones. En concreto, es volver a utilizar esa especie de “brújula interna” que tenemos muy guardada y algo olvidada en el interior de nosotros mismos.
Autor:    Susana Fumis. Experta en Psicomotricidad Terapéutica
Año 1 / Número 2
Pág. 44
  DESTACAMOS:
·· La magia del parto
·· Longevidad y calidad de vida
·· Las anemias
·· Entre la mente y el corazón


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