Cuando comenzamos a tomar consciencia del silencio, nos impregnamos de luz y amor. Nuestro lenguaje en ocasiones es muy limitado, y por supuesto, hay expresiones y términos, que filósofos y místicos, nos acercan a esos sentimientos de luz y amor.
Para manifestar realidades o sensaciones espirituales, muy a menudo, las expresamos con el silencio: a través de una mirada, de un gesto, o incluso, de un espacio donde sólo se es. Esto no quiere decir que la palabra sea ineficaz. Cuando la palabra está viva puede tener la misma magnitud que el verbo. El verbo está impregnado por la vida del espíritu. Su poder es tan grande como el del silencio. Un sabio indio dijo: “solo hablo para recordar la importancia del silencio”.
El verbo, pues, pertenece al mundo del espíritu, es el pensamiento. Simplemente pensando ya se crea, se desencadenan fuerzas creativas, así es como los kabalistas definen que el Verbo divino modeló el Universo. El verbo es una palabra que todavía no ha descendido al plano físico, está ahí, real, viva, pero inexpresiva, en el momento en que pensamos, hablamos y esa palabra silenciosa es activa, viva y mágica.
En nuestra forma de entender antes de hablar pensamos, luego elegimos los términos a través de la palabra, pero estos procesos sólo nos permiten comunicarnos con los que dominan nuestra misma lengua; mientras que en el dominio del pensamiento, del verbo, toda la naturaleza puede comprendernos porque utilizamos el lenguaje universal que es el mismo para todos los seres. Un ser sensible aunque no hable la misma lengua, comprenderá lo que sentimos, comprenderá lo que pensamos, lo sentirá.
La kabalah nos enseña que los espíritus luminosos, los ángeles, no se hablan entre ellos, no nos hablan a nosotros, piensan, y sus pensamientos son captados para nosotros como una palabra.
El verbo es la emanación directa de nuestra vida interior y se manifiesta de forma invisible. La palabra se expresa en el plano físico con términos propios de una lengua particular. Por eso, hablando desde el corazón con nuestra alma, las plantas, los animales, los planetas, las estrellas nos comprenden, pues el lenguaje del corazón y del alma es comprendido universalmente en la naturaleza. Por ello, algún día hablaremos con la luz, los colores y los sonidos que emanan desde nuestro interior. Y los sonidos que se emanarán serán comprendidos. Nos damos cuenta de esto cuando estamos sufriendo o en inmensa felicidad, pero no es necesario utilizar la palabra.
El verbo es la síntesis de todas las expresiones de la vida interior del hombre, de todo lo producido por su pensamiento y sus sentimientos. El conocimiento de estas leyes puede ayudarnos en nuestras relaciones, pues si primero meditamos nos recargamos, acumulamos fuerzas para antes de hablar, llenas las palabras de amor, de fuerza divina, del poder del verbo, para después buscar la forma de envolver nuestro pensamiento.
Para conocernos y saber en qué punto estamos, podemos analizar nuestras palabras. Es como antes de hablar, saber por qué razón queremos hablar, ya que todos sabemos el poder de la palabra, y desde ahí podemos llenar nuestra vida de forma armoniosa, tener la llave que abre todas las puertas. Permite maravillarnos de nosotros mismos, para maravillarnos de los demás y sobre la naturaleza entera, poder actuar así sobre la materia por medio del verbo y de nuestro espíritu.
Cada letra, cada sonido, cada nombre es una fuerza cósmica con la que se puede actuar.