Los niños pequeños, hasta el cambio de dentición, son seres imitativos. Debemos ayudarles a introducirse lo más pronto posible en el mundo plástico-pictórico. La mejor forma es pintar con ellos, permitiéndoles observar e imitar, o bien dejándoles abandonados a sí mismos y a su propia imaginación. No debe preocuparnos que se manchen; tienen que probar, experimentar, retozar con el color. Sin embargo, se les debe enseñar, ya en el jardín de infancia, el respeto y cariño por el material. Los colores de acuarela deben conservarse limpios y mantenerse separados, al igual que el pincel y la tabla de madera sobre la que se asienta su hoja. Por ello, tanto el proceso de preparado como de recogida del material se convierte en un ritual por el que el niño va adquiriendo habilidad y limpieza. El buen estiramiento del papel, por ejemplo, recompensará un esfuerzo que no ha de ser en balde: la creación de algo bonito en un ambiente rodeado de orden y belleza, imagen que permanecerá interiorizada a lo largo de su vida.
Cuando el niño comienza su etapa de escolarización primaria es cuando se halla sensibilizado al máximo para ser enseñado mediante el arte, pues empieza a desenvolver las facultades representativas con mayor libertad. Irá familiarizándose por sí mismo con aquello que queremos aportarle y experimentará la mayor alegría cuando logre expresarse en el papel mediante la pintura o el dibujo. El programa de nuestras escuelas procura que estos dos elementos, línea y color, que habían quedado mezclados en el dibujo preescolar, se bifurquen, de tal modo que lo lineal se cultiva en la clase de dibujo y lo cromático en la de pintura.
El niño precisa con fuerza encontrar la verdad en el mundo y donde mejor la va a experimentar es a través de la sensación emanada del color. Lo menos verídico es el dibujo ya que se acerca a lo abstracto. Si tomamos un lápiz y dibujamos una línea horizontal ésta se convierte en un elemento abstracto, moribundo, algo que no está diciendo la verdad. En cambio, cuando vemos algo verde y algo azul que se separan el uno del otro, entonces crece naturalmente la línea horizontal de la frontera mutua entre los colores; algo que está vivo y es verdadero. De este modo llegaremos a observar y entender que la forma en la naturaleza surge realmente del color y que el dibujo es una abstracción. Siendo consciente de esta diferenciación, la tarea del maestro ha de ser la de llenar de vida al niño en donde se le suelen provocar procesos de muerte.
En las clases de pintura el niño aprende a apreciar la concordancia cromática y así distinguir entre la belleza y armonía y la fealdad y desacuerdo. Únicamente se usan, en todos los niveles, los colores acuarela líquidos desleídos. El color resalta al máximo en su condición líquida ya que pierde su dureza, manifestándose intensamente su vibración, irisación, resplandor y brillo. Es importante hacer los ejercicios en grandes hojas blancas que, previamente remojadas, se colocan en una tablilla. El color se aplicara con un ancho pincel.
Para empezar, a los niños del primer año se les permite pintar libremente rellenando la hoja por completo. Así se despliega el instintivo sentido cromático que en ellos late. Antes de comenzar a pintar se alimentará sus imágenes a través de cuentos, fábulas o leyendas que destaquen las cualidades o matices sensitivos de cada color (para el maestro es esencial el estudio de la teoría de los colores de Goethe, particularmente el capítulo que trata de su efecto sensorio- moral). Esta interiorización de lo cualitativo, donde el niño vive el dramatismo de la narración a través del elemento cromático, es fundamental en los tres primeros años de primaria. El niño ha de aprender a sentir lo desafiante del rojo, la tranquilidad y gesto ensimismado del azul o la alegría radiante del amarillo. Todo esto alimenta y fortalece su sensibilización anímica. Cuando pinta, el niño vive en los colores, dialogando aprende a amarlos todos, pero cada uno le dice algo distinto.
Se trabaja con los colores primarios, en primer lugar por separado (azul, amarillo y rojo, en este orden) hasta ir paulatinamente combinándolos, centrando la hoja en su color favorito para luego enriquecerla con otras tonalidades. En la primera parte de la sesión se revisan conjuntamente los trabajos de la anterior. Se llama la atención sobre las combinaciones bellas o menos bellas o sobre las pinceladas más o menos bien logradas, lo cual redunda en provecho de la clase, al final de la cual se restablecen de nuevo conexiones y se invita a los niños a modificar, si fuese necesario, las tonalidades para que vuelvan a concordar de forma bella y armoniosa.
A partir del cuarto año surge la necesidad de integrar la forma en el color. Tal como apuntábamos, el maestro ha de guiar al niño para que no dibuje con el pincel la silueta de un animal, por ejemplo, sino que la haga surgir pictóricamente por la delimitación de las superficies cromáticas: del color va surgiendo la forma. Asimismo en clase de botánica se puede observar cómo en la naturaleza el nacimiento del verde deja que la luz, esto es, el color amarillo, irradie desde arriba hacia la oscuridad de la tierra, sugerida por tonalidades azulosas que se mezclan con matices morados o parduscos. De este encuentro del amarillo y el azul derivamos al verde, que se eleva hacia la luz en formas vegetales. Una vez más, la observación de la naturaleza nos permite acercarnos a lo verdadero, ayudando de este modo al niño a impregnarse de vida con el color.