La actual medicina moderna, también llamada Alopatía (en griego, alos=contrario) , trata fundamentalmente las enfermedades dando medicamentos que actúan en contra (anti) de los síntomas. De ahí que la mayoría de los medicamentos comiencen por la partícula “anti”: antibióticos, antitérmicos, antidepresivos...
Es característico de la medicina actual su enfoque casi exclusivo sobre los aspectos puramente físicos de la enfermedad, por medio de análisis, radiografías y demás pruebas físicas, busca el diagnóstico de una enfermedad y de su correspondiente tratamiento. Como hemos comentado, los medicamentos que se utilizan anulan, combaten o van en contra de los síntomas de esa enfermedad.
En contraste, la Homeopatía sostiene un enfoque diametralmente opuesto, en lugar de utilizar medicamentos contrarios a la enfermedad, utiliza medicamentos que producen síntomas semejantes a ella(de esta manera la enfermedad “artificial” administrada en pequeñas dosis promueve la reacción del organismo), y es precisamente esta reacción la que anula los síntomas de la enfermedad natural y da paso a la curación. Este modo de proceder, también se utiliza en la medicina moderna a través de las vacunas; en este caso se utilizan cantidades mínimas de gérmenes debilitados para que el organismo reaccione y se haga fuerte frente a ellos.
Pero lo que realmente diferencia la Homeopatía de la Alopatía es su particular modo de contemplar al ser humano. La Homeopatía considera al ser humano como un todo indivisible en el que no sólo tiene en cuenta sus debilidades físicas, sino todos los condicionamientos afectivos, emocionales o anímicos que puedan afectarle. El hombre tiene el don de la palabra y a través de ésta expresa tanto sus sufrimientos físicos como morales, y un médico atento debe escuchar, comprender y sintetizar toda la información que el paciente le proporciona para administrarle el medicamento similar que corresponda a su peculiar y característica manera de enfermar.
Para comprender la diferencia de enfoques entre ambas medicinas, nada mejor, que ilustrarla con una historia clínica del Dr. Tomás Pablo Paschero (1914-1998). Este médico argentino, dejó una huella imborrable como un ser humano excepcional, tanto en aspecto humano, pleno de amor y de sabiduría, como en su quehacer médico y científico.
“En el año 1960 nos traen a la consulta un niño de 11 años de edad con un cuadro de diarrea crónica resistente a todos los tratamientos. Le acometían cólicos violentos con grandes gases, náuseas, eructos ruidosos y crisis de acaloramiento sin fiebre. Su aspecto era impresionante por su delgadez, palidez amarillenta, y cara ansiosa. La menor excitación le provocaba una crisis diarreica hasta el punto de haber dejado de asistir al colegio por tal motivo. Antes de entrar en el consultorio había debido ir dos veces al baño. Acusaba además vértigos en cuanto se asomaba a un balcón o se hallaba en medio de una multitud o grupo de gente. Tenía gran apetencia por los dulces que consumía vorazmente a pesar de los gases y molestias digestivas que le provocaban. Era marcadamente caluroso, con sofocos al menor exceso de abrigo y su sueño era tan agitado por terrores nocturnos, como el desasosiego y la inquietud ansiosa que mostraba durante el día.
Su padre, coronel del ejército, lo consideraba un retrasado mental y lo sometía a una severa disciplina, colocándolo en una situación que le hacía dudar de sus condiciones naturales. Le decía que era un idiota y que no lograría nunca llegar a nada. El chico fue así desarrollando un marcado sentimiento de fracaso. No podía estudiar, concentrarse o realizar el menor esfuerzo mental sin sufrir de fuertes dolores de cabeza que terminaron por alejarlo de la escuela, dando así fuerza a la creencia de su padre de que se trataba de un deficiente mental, teniendo en cuenta que los médicos no podían dar razón de sus trastornos patológicos, que no obedecían a ningún tratamiento.
Era evidente que un sentimiento insuperable de fracaso se había apoderado del pobre niño, derivando en la colitis diarreica y el adelgazamiento consiguiente la paulatina pero inexorable destrucción de su personalidad.
En el diagnóstico homeopático se tuvo en cuenta el síndrome psicológico integrado por los siguientes síntomas mentales: ansiedad por anticipación de acontecimientos, temor a las alturas, temor en lugares abiertos (agarofobia), diarrea por excitación, deseo irrefrenable de dulces y empeoramiento por el calor.
Con estos seis síntomas fue fácil encontrar su medicamento que curó radicalmente este caso resistente a toda la medicación aplicada a los fenómenos físicos, que tampoco tuvo en cuenta los factores desencadenantes esenciales de un situación psicológica que permitió comprender el drama de este pequeño torturado. En ocho meses de tratamiento aumentó 14 kilogramos de peso, reanudó sus estudios con éxito y el 26 de Abril de 1965, se presentó a saludarme un joven alto, de aspecto fornido y derecho, con la alegría del triunfo en su rostro y aspecto totalmente distinto al que presentara cinco años atrás.
Una razonable valoración de esta historia clínica nos lleva a concluir que tan sólo la valoración física de este enfermo no era suficiente para solucionar sus gravísimos problemas de salud. Sus diarreas, resistentes a todos los tratamientos tradicionales, no desaparecieron hasta que fue considerado de una manera global, como el ser humano completo que era. Y en este caso la homeopatía –medicina humana por excelencia- fue la clave de una curación profunda y radical.
Como en infinidad de ocasiones, el deseable diálogo entre las posibilidades terapéuticas de ambas medicinas no tuvo lugar. Pero al menos, este enfermo, y en última instancia, encontró y ya prácticamente desahuciado, la solución en la Homeopatía.
Por el bien de la humanidad y de los enfermos, deberíamos dejar de lado los fanatismos, el pensar que cada uno tenemos la verdad absoluta y que podemos resolver todo con nuestras respectivas medicinas. Más que rechazar de entrada, como frecuentemente hace, la Alopatía a la Homeopatía por considerarla no científica, debería investigar resueltamente la verdad que hay en ella. La Homeopatía es una realidad que no se puede ignorar y si la Alopatía se considera poseedora del método científico, debería -como hace un científico auténtico sin prejuicios- investigarla y reconocerla. Sería deseable que el amplio abanico de medicinas y terapias que conocemos se complementaran entre sí, y aportaran al conjunto lo mejor de sí mismas.